Cuba y los cubanos merecen un mejor destino, y con ellos toda nuestra América.

Los dominicanos tenemos el deber moral y la responsabilidad histórica de acompañar y alentar al hermano pueblo cubano en su ardua lucha por lograr una transición a la democracia y la libertad, la búsqueda de su unidad y reconciliación sobre la verdad y la justicia, a la vez que la preservación de su soberanía, autodeterminación e integridad territorial, cimentadas en un expresión libre, abierta y plural de la soberanía popular.
Es una realidad incontestable que el duro régimen totalitario, que ha aplastado a los cubanos por décadas en torno a la imposición de un pensamiento único-que pretendía dar origen “a una nueva condición humana”, por medio de la experiencia revolucionaria comunista que encandiló a millones de jóvenes de varias generaciones, hasta probar su fracaso ominoso en todo el mundo-, se encuentra en su fase terminal y abiertamente encanallada.
En consecuencia , es necesario hacer conciencia de que ese capítulo doloroso de confrontación y polarización política, ideológica, social y bélica-que surgió en el contexto más crítico de la Guerra Fría, y que proyectó su insidiosa acción disruptiva en todo el continente hasta el presente-, concluya su existencia sin provocar más odio, dolor, sufrimiento y violencia, o nuevos procesos de degradación como los padecidos por Venezuela y Nicaragua, para dar paso a una nueva y luminosa etapa de la historia hemisférica.
Es necesario, que todos los cubanos puedan-superando agravios y curando heridas-, reconstruir y relanzar su nación con horizontes de prosperidad, libertad y seguridad, tanto como que también la visión de Martí, Gómez, Betances, sobre el destino común y esperanzador de “las tres hermanas” antillanas, encuentre manera de realizarse en el siglo XXI.
Nuestro continente, “nuestra América y la América que no es nuestra”, necesitan también unirse para encarar y superar los ingentes retos del presente y el porvenir, dentro del contexto del inevitable derrumbe y descomposición del Orden Globalista, y el surgimiento de un nuevo orden internacional cuyos perfiles dependerán de lo que hagan en el presente sus naciones y dirigentes más conscientes y responsables.
El régimen de Cuba y lo que representa, ha sido y es un obstáculo mayor, enconado, resistente, temible, a la restauración de un espíritu de unidad panamericana sobre nuevos fundamentos. No solo fue el responsable de la fractura más severa del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, o Tratado de Río en 1962, sino que junto con los extravíos del liderazgo norteamericano, contribuyó a frustrar en la Cumbre de Las Américas del 2005, la más importante iniciativa de integración continental y mundial que representó el ALCA.
Es necesario, además, no olvidar jamas que son las condiciones alienantes, insostenibles, distopicas, generadas por un sistema que solo puede mantenerse con un ejercicio sostenido de opresión violenta y difusa-que a la vez genera un proceso de depauperación general y socavamiento demográfico de la nación cubana, y el extrañamiento de millones de sus hijos que han sido víctimas de la más odiosa estigmatizacion-, las que han provocado su calamitosa situación presente, algo que no merece ninguna nación de la tierra, y que al igual que lo que acontece en toda la región Gran Caribe, especialmente, en Venezuela, Haití y Nicaragua, esta generando peligrosos escenarios de conflictos; y peor aún, facilitando la
intervención de potencias y fuerzas extracontinentales que luchan contra EEUU una Guerra Global Híbrida, incluida, el imperio omnipresente del Crimen Organizado Transnacional.
Cuba y los cubanos merecen un mejor destino, merecen terminar de librarse de los desgarradores antagonismos geoestratégicos e ideológicos, en los que quedaron entrampados desde inicios de los 60 del siglo pasado, merecen renacer con sus enormes energías creadoras, contando siempre con la Gracia de Dios.

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