Palabras de Pelegrin Castillo en la ponderación de la obra El Doctor, del General José Miguel Soto Jiménez. Publicadas en el aniversario del nacimiento del Dr Joaquin Balaguer…
Vicepresidente Pelegrín Castillo Seman.

Deseo agradecer al buen amigo y brillante intelectual y hombre de armas de la República, José Miguel Soto Jiménez, el honor que me dispensa al invitarme comentar esta interesante y singular obra de su ingenio e investigaciones, que tiene el simpático título, El Doctor. En la misma nos entrega con su depurado y característico estilo narrativo, una provocadora interpretación de carácter biográfico, de ciertas facetas fundamentales acerca de ese personaje cumbre de la historia dominicana que fue el Presidente Joaquín Balaguer, y que, en muchos sentidos, si se hace un ejercicio de comparación entre los gobernantes que han marcado la vida de los pueblos de Las Americas, también resulta excepcional en la historia del continente.

La obra El Doctor cumple sobradamente con una función muy importante, en una sociedad que necesita con urgencia ahondar, más allá de los discursos maniqueistas y los relatos sesgados, en lo que han sido los acontecimientos que han marcado su historia y los personajes que fueron en cada ocasión sus intérpretes, sin olvidar nunca las circunstancias históricas , los contextos geopolíticos y los procesos socioeconómicos que determinaron, acotaron o condicionaron sus acciones.

Seguro que, El Doctor, traerá más de una polémica encendida, y no pocas observaciones, cuestionamientos e interpretaciones, y el autor lo sabe y pienso que amablemente lo procura, lo cual es expresión de un saludable predicamento intelectual. Tal vez, con esta obra entraremos en una etapa donde se empezará a escribir más acerca de Balaguer como hombre de poder, que de Trujillo, como ha sido la tendencia hasta ahora. Todos los dominicanos que vivimos el periodo post dictadura de Trujillo tenemos una representación del Dr Balaguer que, en mayor o menor medida, está naturalmente impregnada por las pasiones a favor o en contra que generó su paso por el solio presidencial, o por el tipo de vivencia personal que nos provocó la interacción con su persona y su gente dentro o fuera del gobierno.

Siempre he creído que con Joaquín Balaguer Ricardo, seis veces presidente, se confirma que todo verdadero liderazgo, más si tiene rasgos carismáticos, es en esencia un fenómeno de atribución: Balaguer y su ejercicio de poder fue, es y será, lo que es el núcleo duro de su persona, de su ser profundo, complejo, magnético, enigmático, sorprendente, difícil de descifrar, y a partir de ese basamento o sustrato, todo lo que le atribuyeron y atribuyen, bueno y malo, y desde luego en exceso, tanto sus ardientes seguidores como sus enconados adversarios. Pero nunca se tendrá una idea cabal de ese fenómeno de atribución sin tomar en cuenta ademas las carencias, limitaciones y errores de los que le adversaron en vida, y le adversan todavía, después de muerto, como si temieran que resucitara o que su ejemplo inspirara una renovación política de los sectores conservadores que siempre le respaldaron. Lo cierto es que el Balaguer en proceso de vindicación y magnificacion no se entenderá sin analizar a sus adversarios, muchos de los cuales en vida terminaron reconociéndolo públicamente, hasta proclámarlo oficialmente por Resolución del Congreso, como Padre de la Democracia Dominicana, o bien admirándolo en secreto, con sordina, porque en política siempre es difícil aceptar los errores que tienen Implicaciones de capitulación histórica frente al adversario. Y Con Balaguer, el más frecuente de todos fue subestimarlo. En esa apreciación coincido con el General Soto Jiménez.

Cómo recurso literario de interpretación de la persona profunda de Balaguer, y lo que describe como su irrenunciable e inextricable vocación por el poder, el autor expresa que el Doctor, en trance de morir, hubiera querido pronunciar el mismo su panegírico, como pronunciara el de Trujillo- que en cierta forma contribuyó a consagrarlo como su heredero y líder de sus sectores adictos-; o que por lo menos, fuera una figura notable de la palabra quien lo despidiese de este mundo. El general Soto refiere qué para la ocasión, quizás sólo mi padre como tribuno, a la vez que su amigo y admirador a la distancia, pudo haber ejercido esa tamaña encomienda. De hecho, ya lo había empezado a hacer en vida cuando distinguía entre el Balaguer historia y el Balaguer presidente, el Balaguer que promulgó las leyes agrarias, crearía el sistema nacional de parques y acometió el programa mas portentoso de infraestructuras, particularmente en el campo de los recursos hídricos, y el Balaguer, ducho encantador de serpientes políticas, o tolerante con la Ración del Boa a la burocracia civil y militar, o con las ambiciones de la casta de los Insaciables, que parecen creerse herederos de los encomenderos, en un país de indios. En otras palabras, el Balaguer de los Grandes Contrastes.

Personalmente, creo que Balaguer, único e irrepetible, tenía una relación especial con la vida y con la muerte, y con esta última, cómo refiere Ortega al reflexionar sobre la muerte de Unamuno, “hizo de la muerte su amada”. Es a partir de sus acendradas creencias sobre el destino o la providencia, tanto en la vida de la República como en su misma existencia personal, que estaba más que consciente que no tendría sucesor o continuador político. Como pocos líderes era muy consciente de que incursionaba en la política con sentido de trascendencia histórica, de que el poder que acúmulo o la influencia que pudo ejercer debían estar destinados a dejar huellas profundas, sin perder de vista de que fue hijo de los tiempos y circunstancias que les tocó vivir, y frente a los cuales se amoldó con gran versatilidad y comprensión de las grandes corrientes por donde discurría la historia universal y sus impactos en esta pequena pero emblemática isla de Santo Domingo. En ese sentido, de su especial relación con la muerte, siempre llamo la atención entre sus acólitos sus rigurosas costumbres funerarias y luctuosas con que acompañó el final de su familiares más cercanos y queridos, así como el ritual de sus frecuentes visitas a la tumba familiar donde reposaban “las cenizas venerandas de los manes tutelares.”

Es preciso destacar que Joaquín Balaguer, como muy pocos políticos, se había formado intelectual y espiritualmente, para desarrollar a la vez un sentido heroico, agónico o trágico de su existencia, en el sentido en que lo concibiera Don Miguel de Unamuno, y que ese sentido, constituye el resorte vital que lleva a los hombres buscar una proyección hacia la trascendencia y la eternidad. Propiamente estaba imbuido, como destaca el autor, de los valores y modelos de vida del estoicismo, que impregnaba las obras de los autores clásicos de la antigua Roma- Plutarco, Seneca, Tacito, Suetonio, Cicerón, Tito Livio, Marcos Aurelio-, en cuyas obras abrevo, y que constituirían los cimientos de su saber erudito, adquirido desde que era un mozalbete, con un riguroso y apasionado hábito de lectura. Pero también fue impactado por obras de autores más cercanos- Gracian, Azorin, Marti- que describirían los modelos del político, del ciudadano y del hombre público que también inspirarían ese comportamiento tan atípico en nuestro medio. La consciencia de ser poseedor de una condición política singular, en el era más vivida por ser un conocedor profundo de nuestra historia, en la que la espada y el fusil del caudillismo montaraz, solían imponerse al pensamiento y el derecho invocados por los alumnos de Hostos o los inspirados en Duarte. Este joven iniciaría su andadura como orador tonante contra la ocupación norteamericana y que fuera uno de los redactores del Manifiesto del 23 de Febrero de 1930, llegaría ha ser el Caudillo Ilustrado, que podia exhibir desde rasgos y actitudes pugnaces o autocráticos, hasta una recia disciplina, templanza y austeridad en el ejercicio del poder y su parafernalia; desde decisiones audaces o visionarias de reformas en favor de los más necesitados o de las generaciones porvenir, hasta maniobras y combinaciones políticas que dejarían pálidas las mejores intrigas y trapisondas florentinas. Sencillamente, se encontraba dotado de una mente prodigiosa y de una memoria excepcional, donde coexistían los referentes de varios mundos y épocas. Pero además se sabía poseedor de una fuerza íntima muy poderosa: actuaba convencido, como lo expresó en varias ocaciones, de que en cierta forma era “un instrumento del destino”. Lo cierto es que pocos pensaron que el Balaguer que fue expulsado del país por una turbamulta que lo obligó a asilarse en la Nunciatura Apostólica en 1962, que lo vieron partir al exilio vuelto anatema político, podia regresar apenas unos años después, para subir las escalinatas del Palacio Nacional, como el garante de La Paz y el líder de la Revolución Sin Sangre.

En la historia dominicana, y muy pocos en la historia del continente, ningún político de poder ha tenido tanta eficacia y éxitos en el empleo de la palabra y el conocimiento como Joaquín Balaguer: primero, para abrirse paso y ascender pacientemente, no sin vencer intrigas y obstáculos, y luego para sobrevivir y salir como continuador, dentro de un régimen cuasi totalitario y mortífero como el de Trujillo, sin que se le asociara con crímenes, truculencias y rapiñas. Muerto el Dictador, en las cuatro decenios sucesivos, esto le permitiría convertirse en el poder dominante de la República, cuando no en el puntal de una estabilidad política precaria, pero estabilidad al fin, y siempre, en el hacedor por excelencia de las transiciones, hacia una sociedad más abierta, plural y democrática. Fue Balaguer el que supo ejercer con proverbial serenidad y equilibrio, en un periodo de postguerra civil e intervención extranjera, en el contexto de la guerra fría, un exitoso gobierno de tipo bonapartista, colocándose por encima de los antagonismos de clase, y de fuertes tendencias a la polarización política e ideológica, después de derrotar conspiraciones de todo tipo, a derecha e izquierda. Mientras eso sucedía se expandió una clase media que contribuyo a sosegar las pasiones y a preparar el ambiente de progresiva liberalización política que vendría a partir del gobierno del cambio en 1978. También fue Balaguer-que sabía cómo nadie que solo hay una cosa más difícil que llegar al gobierno, y es salir del gobierno-, el actor decisivo en todas las transiciones críticas o el árbitro nacional para aplacar la ferocidad de las luchas facciosas en los partidos que le adversaron, capitalizándolas en su provecho cada vez que pudo hacerlo: de la dictadura al Consejo de Estado ; del gobierno de los 12 años al gobierno de don Antonio; del gobierno de Salvador Jorge Blanco a su retorno al poder con aires de renovación; de la crisis postelectoral y sus implicaciones internacionales y constitucionales de 1994, al pacto histórico que daría inicio al nuevo ciclo político que sería dominado por el Partido de la Liberación Dominicana; y su último actuación, facilitando el asenso al poder de Hipolito Mejia, y poco después, lo que fue su consagración histórica: que fuera el propio PRD en el gobierno, históricamente antireelecionista, el que modificará la constitución para restablecer la reelección. Horas después de la aprobación de la reelección en primera lectura, expiraría. Desde luego, el liderazgo de Balaguer, como todo líder carismático de una prolongada incidencia histórica, experimentaría lo que Max Weber llamaría Rutinizacion del Carisma: su proyección y atracción pública se prologaría más allá de sus capacidades declinantes, y sería un factor que explicaría la incidencia del famoso Anillo Palaciego, de los Ayuda de Camaras como influencia perturbadora en las sombras, que con el tiempo se constituiría en un poder efectivo, por lo menos para bloquéar, aíslar, traficar o modular sus decisiones, y que daría ocasión a mil historias, desde las más burdas hasta las más pintorescas.

Pero cometeríamos un grave error si atribuimos el éxito de Balaguer el Político Intelectual, miembro de la Academias de la Lengua y de la Historia, funcionario con dilatada experiencia, Embajador, Ministro de Educación, Canciller, solo a sus condiciones prodigiosas para el empleo de la palabra encendida y el conocimiento deslumbrante: Balaguer tanto dentro del poder como fuera era el método hecho persona, aplicado con trabajo incesante a su visión personal de la Nación y sus problemas. Apegado a rutinas, horarios, programaciones, consultas, sabía cómo Napoleón que el método y los sistemas, con un equipo de colaboradores de confianza y experiencia, era clave para un trabajo éxitoso de Estado, porque si bien tenía pasión por el poder, no lo tenia por el poder mismo, sino por otra pasión superior, poco común, de sentirse el constructor de una nación, donde había demasiado por hacer. Si bien es cierto que el Congreso Nacional durante la mayor parte de sus gobiernos fue un órgano sin poderes efectivos, un sello gomigrafo de lo que decidiera el Doctor, no significaba que gobernara solo, al estilo del Dr Rodríguez de Francia en Paraguay, descrito espléndidamente en Yo El Supremo, por Augusto Roa Bastó. Las sesiones semanales regulares de la Comisión Nacional de Desarrollo, dirigida por figuras sobresalientes como Don Luis Julián Perez y Don José Andres Aybar Castellanos, así como sus reuniones semanales con el formidable equipo de Constructores que fue aglutinándose a su alrededor, junto con un sistema de filtros y consultas con expertos juristas y economístas ayudaban a cribar la racionalidad de las decisiones y proyectos y a controlar el gasto público de un gobierno que proclamaba tener marca de austeridad, y que para la época era modesto en comparación con el presente. Esto permitía que el propio presidente llevara al día un control, en una libreta personal, de ingresos y gastos. También figuras notables en cada provincia o región eran consultadas por el propio presidente sobre los problemas locales y sociales, con motivo de las visitas semanales a las inauguraciones o asentamientos agrarios, sin que se excluyera la viva voz del pueblo humilde, o bien, la voz del párroco o el comunitario, para la denuncia cara a cara de los abusos o inconductas de los funcionarios menores o para canalizar demandas de obras o servicios. Y esa fue una de las claves de su incidencia política electoral, que sus adversarios siempre subestimaron, y el cultivo el hábito de jugar fríamente con sus contradicciones, a partir del postulado de que en política no se tienen enemigos sino adversarios, y que nunca es aconsejable llevar al plano personal las diferencias políticas. Cultivo como pocos el arte, como explica Soto Jiménez, de atraer para ganarlos para sus filas a los adversarios que valían la pena, o bien, de neutralizar a sus enemigos.

Difiero del amigo José Miguel Soto Jiménez en su evaluación del discurso de ingreso de Joaquín Balaguer a la Academia Dominicana de la Historia en 1954, para pasar a ocupar como miembro de número el sillón del gran jurista Julio Ortega Frier. Al contrario que el, pienso que esa pieza resulta clave, junto con la obra Cesarismo Democrático del venezolano Laureano Vallenilla Lanz, para entender tanto la visión de Joaquín Balaguer de lo que significó en la historia dominicana la dilatada Dictadura de Trujillo como el sentido de misión que el asumiría ulteriormente, como Caudillo Reformista a la muerte de este, de evitar que volviéramos al ciclo terrible de las luchas intestinas, provocado por una violencia ciega, sin propósitos superiores, que hacia imposible el avance material e institucional de la Nación. A conclusiones parecidas llegaría Juan Bosch, a partir de otro enfoque, que desde luego, excluiría la Providencia, y la sustituiría por las leyes inexorables del materialismo histórico como método de análisis, y que le permitiría calificar a Trujillo como el consolidador del Estado moderno, y el impulsor del capitalismo industrial dominicano. Recordemos que antes de 1844, a pesar de ser una colonia insular venida a menos, despreciada por la metrópoli, y quizás por eso mismo, fueron madurando las bases de una comunidad nacional emblemática, con un alto nivel de amalgama e integración social y racial, que solo decidió el camino de afirmar su independencia y soberanía, cuando sufrió la más cruel opresión por 22 años de su vecino insular que ocupó su territorio con insidia y traición. Primero, las guerras de independencia frente al invasor haitiano , posteriormente, la guerra de restauración, tras una artera reincorporación a España, así como la insurrección contra la anexión a los EEUU, a pesar de todas sus glorias y sus sacrificios, sumieron a la República en un ambiente de disolución, fragmentación y caos, con el flagelo de la violencia asoladora de los caudillos regionales, inspirada en una visión patrimonial de las funciones públicas. Los intentos por eliminar ese pernicioso mal social, estableciendo el monopolio de la violencia que caracteriza todo estado moderno- Merino con el Decreto de San Fernando; Lilis con una férrea y onerosa dictadura, que naufragaría en un mar de deudas y en un charco de sangre; y Caceres, que ya había anunciado su aspiración de ser “el último presidente machetéro”, y que sería ultimado por una tupida trama de intereses y resentimientos- nos conducirían al Gran Derrumbe de 1916, con la caída de la Segunda República tras la primera ocupación norteamericana.

En ese periodo aciago de ocupación Yankee se crearía la guardia nacional, que sustituiría a los azulitos de Mon, nombre popular conque se conocería la Guardia Republicana, al mismo tiempo que se realizaría un desarme general de la población. Pero también en ese momento critico, surgiría el Partido Nacionalista de Americo Lugo, como el articulador de un gran movimiento patriótico, que ayudaría a poner fin a la ocupación norteamericana, y a dar inicio a la tercera República. La crisis mundial ocasionada por la Depresión del 1929 en Estados Unidos, las contradicciones interminables en los partidos dominantes en la época, en especial, en torno al declinante y enfermo, Presidente Vazquez, y el apoyo del Cuerpo de Marines de los EEUU que se preparaban a salir de la Isla, alentó un movimiento de nuevo cuño que vendría a barrer con el endeble régimen de libertades, para entronizar una dictadura cuasi totalitaria, de partido único y culto enfermizo a la personalidad del Jefe, que igualó, “democráticamente”, a todos los dominicanos en la opresión y el sometimiento. Sin embargo, ironías de la historia, este engrendro político, logró desde sus inicios extirpar el mal histórico del caudillismo, y otorgo un poderoso impulso desde su esencia dictatorial, a una visión de nación, que ya estaba en gran modo perfilada en el programa de los movimientos nacionalistas como vital para avanzar en la construcción de una nueva nación. Siempre se destaca el gesto valiente y honesto de Don Americo Lugo el historiador, el mismo que como jurista se llegó a cuestionar si eramos una nación; pero se olvida que la mayor parte de la intelectualidad, incluidos muchos compañeros y discípulos de Hostos, terminarían cerrando filas con el “Gendarme Necesario”, terminó empleado por Vallenilla Lanz, para explicar el fenómeno histórico de los grandes Caudillos Civiles y Militares de Las Americas.

Lo que acredita la experiencia histórica es que cuando las clases dirigentes o élites de una nación resultan disfuncionales, cuando fallan gravemente en sus misiones de dirección, ejemplaridad y empresariado, se crean las condiciones para que el vacío consiguiente lo llene un Caudillo al que se le atribuyen poderes especiales, mientras es rodeado de un aura de Providéncialidad. Eso fue lo que experimentó-junto con el horror que provocaba su probada capacidad criminal del nuevo régimen-, la mayoría de los jóvenes intelectuales y políticos, así como tantos dominicanos, catalogados “de segunda” por el peculiar sistema de clasificación social, que cerraron filas en el Partido Dominicano. El nuevo régimen de la Patria Nueva, les abría a los primeros, espacios para volcar sus talentos y proyectos, quizás por el singular inclinación del tirano, de procurar rodearse en todos los campos de los mejores talentos, de verdaderos “Salomones”; y a los segundos, entre los que estaba el propio Jefe, les permitía ajustar cuentas sociales, con los grupos “de primera”. Ya en la etapa post Dictadura, camino a la democracia, el vínculo que uniría a Balaguer y Bosch en 1961/62, y las fuerzas que ambos representaban, y que le daría el triunfo aplastante al segundo enfrentado con Union Cívica Nacional, fue ese fuerte sentimiento antioligárquico, que se proyectaría con mayor o menor fuerza en los años siguientes, y que haría estallar la insurrección cívico militar de abril de 1965 contra el Triunvirato, y la guerra civil. Los sectores cívicos y oligárquicos que persiguieron a Balaguer, que ya exhibía un ejercicio bonapartista del poder, conscientes del poderoso condicionamiento que imponía la guerra fría, tuvieron que contemporizar con esa extraño y distante personaje que vivía en la Máximo Gómez parte atrás.

Hay unos pasajes de la obra el Doctor en el que se evoca un episodio de Enero de 1995, que provocó gran conmoción en la política dominicana: la carta pública que efectivamente dirigió el Presidente Balaguer, anunciando que haría revelaciones muy graves desde la reunión conjunta de ambas Camaras el 27 de Febrero, acerca de prácticas de corrupción trasnacional, que efectuaban unos importantes empresarios dominicanos con una figura venezolana, y que el cabecilla de esa operación mafiosa sería retado por el mismo a un duelo en el campo del honor. El general Soto relata cómo él y otros oficiales y figuras públicas debieron emplearse a fondo para que aquello no fuera a mayores. Esa inesperada parada, para muchos parecía la expresión de un estado de disociación de la realidad, de un rapto de locura momentánea. Personalmente, que tuve noticias en ese momento de ese trance, creo que fue una reacción muy meditada y planificada: Balaguer, hostigado por sus adversarios, y abandonado por parte de sus seguidores, apeló a un arma muy poderosa, la de demostrar que no tenia nada que perder, y que traspasar ciertas líneas rojas frente a él, que había aceptado el golpe de estado blando que se le propinó, después de ser proclamado presidente electo por la JCE y la Asamblea Nacional, justo para evitar un conflicto civil y militar de envergadura, era poco recomendable. Balaguer siempre se benefició de la imagen de infalible: por eso hasta sus errores eran considerados por propios y extraños como parte de un plan maestro, de una jugada tan astuta que nadie la veía. En este caso, fue lo contrario: la desmesura era tan grande que solo se podía pensar que el Doctor había perdido el juicio, y no una importante y efectiva señal de disuasión.

Finalmente, quisiera cerrar esta intervención con algunas impresiones personales del Dr Balaguer. Lo conocí por sus libros, cuando mi padre me regaló El Cristo de la Libertad y El Centinela de la Frontera, y luego buena parte de su obra publicada. Y también por sus memorables discursos. A pesar de que mis padres eran fervientes seguidores suyos, sin militar en su partido, nunca le vote. Mi primer votó fue por la Fuerza Nacional Progresista en 1986. Pero siempre le seguí, escrute, estudie… en su extraordinaria personalidad política. Apenas converse con él durante nuestra breve alianza de oposición conjunta a principios de los 80s. Sin embargo, siendo diputado a partir de 1994 hasta meses antes de su muerte en el 2002, lo visitaba con cierta frecuencia, a veces procurando su apoyo para mis proyectos de leyes y resoluciones: puedo acreditar que tres temas fueron los más abordados por el y siempre con ánimo de que como joven político nunca los sacara de mis preocupaciones. La cuestión haitiana y los planes de las potencias en relación al destino de la isla; la urgencia de preservar el medioambiente y su íntima relación con los recursos hídricos; y la preocupación por la pérdida de soberanía que implicaba el acelerado proceso de endeudamiento externo, qué para la gente de su generación era una maldición. Creo que si aplicamos a Balaguer los criterios de la ética política formulados por Max Weber, que nunca será la ética del burgués o del ciudadano común, pasará la prueba ampliamente. En cuanto a la ética del éxito, que es la menos importante y la más engañosa, Balaguer califica. Balaguer estaba consciente que el el político tiene que vencer cada día la vanidad, “enemiga mortal de toda entrega a una causa y de toda mesura, en este caso de la mesura frente a uno mismo”. Si nos referimos a la ética de las convicciones, creo que también: se podrá estar de acuerdo o no con las mismas, pero no hizo política sin convicciones ni sin ideas. Tenía una idea de nación y del destino del pueblo dominicano, de sus posibilidades y sus lastres, y sobre todo, de los peligros que amenazan su existencia. Y en lo que concierne a la ética de la responsabilidad, Balaguer sabía que no siempre es posible alcanzar lo que más se desea, pues, que como dijera Disraeli la política es la permanente transacción entre el ideal y la realidad, lo que no necesariamente nos llevara a asegurar las intereses fundamentales de Nación. Recordemos que al final como dice la sabia sentencia “el hombre hace la historia pero pocas veces sabe la historia que hace.

La obra El Doctor, del amigo general Soto Jiménez, como Uds habrán podido apreciar en mis palabras, tendrá el efecto muy benéfico ya en muchos de empezaremos a escribir “un panegirico” de su figura y su obra, quizás como preámbulo, a una gran biografía colectiva sobre el Balaguer Historia y el Balaguer Presidente.

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